Kylian Mbappé dijo que su meme favorito era uno en el que su cara aparece sobre el retrato de un dictador chino. Se refería a Mao Zedong, y la descripción no es ninguna excentricidad: es la que comparte la inmensa mayoría de los historiadores fuera de China. La respuesta de Pekín ha sido una lección de cómo funciona el poder cuando se combina con el dinero. Tres empresas chinas rompieron sus contratos con el jugador, la televisión estatal dejó de emitir LaLiga entera, Mbappé pidió perdón, Javier Tebas pidió perdón en nombre de todos los clubes, y China ha respondido que no es suficiente. Ahora quiere que se disculpe también el Real Madrid.
Conviene detenerse en lo que está ocurriendo, porque no es una polémica más de futbolistas y redes sociales. Un gobierno extranjero está castigando a una liga europea por la opinión de uno de sus jugadores, expresada en Europa, en un medio europeo, sobre un hecho histórico. Y está exigiendo a instituciones europeas que se disculpen por ello. Si eso se acepta, Occidente habrá admitido que lo que se puede decir dentro de sus fronteras lo decide, en parte, quien tiene la llave de un mercado.
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Occidente no puede supeditarse a eso, ni moral ni legalmente. Nuestras sociedades tienen sus propias normas sobre lo que se puede decir: leyes contra la injuria, contra la incitación al odio, contra la difamación. Se pueden discutir, pero son nuestras, salen de nuestros parlamentos y las aplican nuestros jueces. Lo que no puede ocurrir es que se añada una capa invisible de prohibiciones dictadas desde Pekín y aplicadas a golpe de contrato cancelado. Que un club de fútbol español tenga que medir si un jugador puede opinar sobre Mao es exactamente eso.
La libertad de expresión no es una libertad más. Es la que hace posibles todas las demás. Sin poder decir lo que uno piensa no se puede criticar al poder, ni denunciar un abuso, ni corregir un error, ni defender a una minoría, ni votar con información. La prensa libre, la ciencia, la justicia y la propia democracia dependen de que alguien pueda decir en voz alta lo que otros preferirían que no se dijera. Por eso la considero la chispa de la libertad: cuando se apaga, las demás se van apagando detrás, porque nadie puede reclamarlas. Y por eso hay que defenderla precisamente cuando incomoda, porque una libertad de expresión que solo protege las opiniones que gustan no protege nada.
El problema es que Occidente llega a este choque debilitado, y no solo por culpa de China. Llevamos años recortando la libertad de expresión desde dentro, en nombre de una moral cada vez más estricta sobre lo que se puede decir, cómo y quién puede decirlo. No comparto ese exceso de celo, que confunde la ofensa con el daño y que ha convertido la autocensura en una costumbre. Pero al menos es un debate nuestro, que podemos tener y que podemos perder o ganar. Lo que faltaba es que, además, no podamos opinar sobre otros países porque nos penalizan económicamente.
Las dos vías llegan al mismo sitio. Una censura nace del exceso de moralidad local; la otra, del interés económico de no molestar a quien nos compra. Una dice que no se puede decir algo porque ofende; la otra, porque cuesta dinero. El resultado en ambos casos es el mismo: un jugador, un periodista o un ciudadano que antes de hablar calcula si le conviene, y que acaba callando.
Hay que ser justos con un matiz: una empresa privada china tiene derecho a decidir con quién se asocia, como lo tiene cualquier marca occidental que rompe con un deportista por sus opiniones. El problema no es ese. El problema es que detrás de esta reacción está un Estado que usa su televisión pública, sus portavoces y su mercado como arma, que no se conforma con castigar a quien habló sino que castiga a todos los que tienen relación con él, y que no acepta disculpas porque lo que busca no es una disculpa. Busca que el resto tome nota. Ya lo hizo con la NBA en 2019 por un mensaje sobre Hong Kong, y con Mesut Özil por denunciar la persecución de los uigures. Cada vez que funciona, el siguiente se lo piensa dos veces antes de hablar.
Por eso la respuesta del fútbol español importa más de lo que parece. LaLiga ya ha pedido perdón y no le ha servido. Si el Real Madrid hace lo mismo, quedará establecido que la opinión de un futbolista sobre un dictador es algo de lo que un club europeo debe disculparse ante un gobierno extranjero. Y la pregunta es inevitable: qué será lo siguiente. Un comentario sobre Taiwán, sobre el Tíbet, sobre los derechos humanos. Una camiseta, una bandera, un brazalete. La lista de lo que no se puede decir crece cada vez que alguien la acepta.
La libertad tiene un precio, y a veces se paga en contratos de televisión. Pero el precio de renunciar a ella es mucho mayor, porque no se paga una vez, sino para siempre. Occidente puede comerciar con China, competir con China y hacer negocios con China. Lo que no puede hacer es dejar que China decida qué se puede decir en Occidente.




