En el minuto 10 del Racing-Real Madrid del pasado domingo, Kylian Mbappé cayó en el área tras un leve contacto de Matteo Prati y Munuera Montero señaló penalti. Casi nadie lo vio. El entrenador del Racing, José Alberto López, lo resumió así: si esa jugada la ven cien personas, noventa y ocho dicen que no es penalti. El VAR, a cargo de Milla Alvéndiz, revisó la acción sin llamar al árbitro al monitor. Mbappé marcó y el Madrid acabó ganando 0-3.
En el minuto 72, en el mismo partido, el VAR sí intervino: llamó a Munuera para que revisara un penalti que había señalado contra el Madrid por una mano de Tchouaméni, y el árbitro lo anuló al ver que el balón le venía rebotado de su propio cuerpo. Para el aficionado del Racing, la conclusión fue inmediata: el VAR mira cuando quiere. Y la pregunta que se hace medio país es la misma: ¿está cumpliendo el VAR su misión?
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La respuesta corta es que sí, si su misión es reducir errores. Los datos son claros. En España, el Comité Técnico de Árbitros calculó que, en la primera temporada con VAR, las decisiones correctas en jugadas clave pasaron del 91,5% al 96,9%. En la Premier League, el panel independiente que revisa cada jornada las jugadas decisivas sitúa el acierto en torno al 82% antes del VAR y alrededor del 96% después. Un estudio académico sobre más de 2.000 partidos en trece países encontró lo mismo: las decisiones correctas pasaron de algo más del 92% al 98% con la ayuda del vídeo. Y hay polémicas que directamente han desaparecido. Los goles fantasma, los fueras de juego de varios metros o las agresiones a espaldas del árbitro ya no se discuten, porque la imagen las resuelve.
Los propios aficionados lo reconocen. Según una encuesta de YouGov de enero de 2024, la mayoría de los aficionados al fútbol en España, un 58%, cree que los errores arbitrales han disminuido con el VAR. Y sin embargo, cualquiera que siga el fútbol español sabe que la discusión arbitral no ha bajado de intensidad. Al contrario.
Parte de la explicación está en el reglamento. El VAR no se creó para arbitrar el partido de nuevo, sino para corregir errores “claros y manifiestos” en cuatro tipos de jugada: goles, penaltis, expulsiones directas y confusiones de identidad. En las jugadas objetivas, como un fuera de juego, eso es sencillo: la imagen decide. Pero en las de interpretación, como un contacto en el área, el VAR solo puede intervenir si la decisión del árbitro es indefendible. Y ahí aparece la trampa: si la repetición muestra que hubo contacto, por leve que sea, la jugada ya es interpretable y la decisión del árbitro de campo queda protegida. El VAR puede ver que el penalti es blando, pero el protocolo no le permite llamarlo error claro. El sistema, por diseño, blinda precisamente el tipo de error que más indigna.
Eso explica la paradoja. Antes del VAR, un error arbitral se aceptaba, con enfado, como parte del juego: el árbitro estaba lejos, la jugada fue rápida, solo tenía una oportunidad de verla. Ahora el aficionado sabe que hay varias personas en una sala con todas las cámaras y todo el tiempo necesario. Si aun así el error se mantiene, ya no parece un fallo humano, sino una decisión. Y una decisión, en un fútbol tan crispado como el español, se interpreta casi siempre como favor o como persecución.
El VAR también ha trasladado la polémica a los despachos. En enero de 2023, el Elche empató ante el Cádiz con un gol en una jugada que había empezado en fuera de juego y que el VAR no revisó. El Cádiz impugnó el partido y pidió que se repitieran los minutos finales. Los órganos de la Federación se declararon incompetentes, el club recurrió al Tribunal Administrativo del Deporte y el resultado nunca cambió. Antes de las cámaras, un error así habría sido una mala tarde. Con ellas, se convirtió en un pleito.
La falta de transparencia empeora las cosas. Desde enero de 2024, la Federación y LaLiga publican al final de cada jornada las conversaciones entre el árbitro y la sala del VAR, pero solo cuando el árbitro acude al monitor. Por eso existe el audio del penalti anulado a Tchouaméni y no el del penalti a Mbappé. Se conoce cómo razonaron los árbitros cuando intervinieron y no cuando decidieron no hacerlo, que es justo lo que más se discute. Otras ligas van más lejos: la Premier explica periódicamente sus decisiones con los audios y la Serie A tiene un programa semanal en el que se escuchan las conversaciones de las jugadas más polémicas. Ni siquiera eso acaba con el debate, pero al menos le da al aficionado algo más que sospechas.
Sería injusto culpar solo al VAR de la crispación arbitral en España. El caso Negreira dejó la credibilidad del estamento arbitral bajo sospecha durante años, los grandes clubes usan sus propios medios para presionar a los árbitros y buena parte de la conversación futbolística vive del agravio. Sin VAR, probablemente la polémica sería igual o mayor. Pero eso no cambia el diagnóstico: la tecnología ha mejorado el arbitraje y, a la vez, ha cambiado la forma en que se juzga cada error.
Así que el VAR cumple su misión técnica, pero no la que el aficionado creía que tenía. Nunca se diseñó para que no hubiera errores, sino para que no hubiera errores escandalosos. El problema es que, con cámaras en todas partes, cualquier error parece escandaloso. Mientras el protocolo proteja las decisiones dudosas y los audios de las jugadas sin revisión sigan sin publicarse, cada penalti como el de Mbappé seguirá alimentando la misma sospecha: que el VAR vio la jugada y decidió no hacer nada.




