En 2024 el Chelsea vendió su equipo femenino. El comprador fue BlueCo, el consorcio propietario del propio Chelsea. El dinero pasó de un bolsillo a otro del mismo pantalón, pero la operación generó un beneficio contable que el club masculino necesitaba para cumplir las reglas financieras de la Premier League. Ese verano, el equipo campeón de Inglaterra sirvió como apunte en un balance ajeno.
La anécdota resume cómo se ha construido la élite del fútbol femenino europeo. Su crecimiento es real, pero no ha salido de abajo. Lo han empujado desde arriba unos pocos clubes masculinos ricos que financian sus secciones femeninas con pérdidas que en cualquier otro negocio serían inaceptables, y el resultado es una pirámide sin cuerpo, con una cúspide muy bien pagada y una base que apenas llega a fin de mes.
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Las cifras de la cúspide son las que se celebran. Según Deloitte, los 15 clubes femeninos que más ingresan facturaron en conjunto 158 millones de euros la temporada pasada, un 35% más que el año anterior. Pero casi tres cuartas partes de ese dinero es comercial, patrocinios y acuerdos de marca que en buena medida cuelgan del escudo del club masculino. La televisión, que en el fútbol de hombres sostiene los presupuestos, aporta poco más de una décima parte y ni siquiera creció.
Esos ingresos, además, no cubren los gastos. En Inglaterra, varios de los clubes más potentes de la WSL cierran con pérdidas millonarias temporada tras temporada. La factura la paga el club matriz, que la asume porque puede y porque le conviene.
Le conviene por una razón que tiene poco de deportiva. Las normas financieras de la UEFA limitan cuánto puede perder un club, pero excluyen de ese cálculo el dinero invertido en el equipo femenino, igual que el de la cantera o las infraestructuras. Para un propietario rico, cada euro gastado en su sección femenina queda fuera del radar del regulador. La UEFA exige además a los clubes que aspiran a jugar en Europa que acrediten su apoyo al fútbol femenino para obtener la licencia, con un equipo propio o con un club afiliado. Invertir en fútbol femenino se ha vuelto gratis a efectos regulatorios y casi obligatorio para quien quiera competir en Europa.
Con esas reglas, el talento se concentra donde está el dinero. Casi todas las internacionales de primer nivel juegan en secciones de clubes de las cinco grandes ligas masculinas, y las competiciones nacionales se han convertido en monólogos. El Barça gana la Liga F con diferencias de goles que en el fútbol masculino parecerían una errata, y en Inglaterra cuatro clubes se reparten siete de cada diez libras que genera la liga.
El resto compite con otro presupuesto y casi con otro deporte. En España, el convenio colectivo de la Liga F garantiza este curso un salario mínimo de 23.500 euros, una conquista reciente que marca el suelo de la categoría profesional y que es, para buena parte de las jugadoras, también su techo. Un escalón más abajo ese suelo desaparece. La Primera Federación femenina no es competición profesional, no tiene convenio propio ni reparto de derechos de televisión, y cada verano los sindicatos abren plazos para que las futbolistas reclamen salarios que no cobraron. Muchas combinan el fútbol con otro empleo.
Lo que ocurre cuando un club intenta crecer sin padrino se vio en Inglaterra. El London City Lionesses se separó del Millwall en 2019 para ser un club independiente y se propuso llegar a la élite. La temporada en que por fin ascendió a la WSL ingresó 902.000 libras y perdió 10,6 millones. Acabó rescatado por una inversora millonaria. Competir contra secciones subvencionadas sin tener detrás a nadie que pague la diferencia resultó imposible.
Conviene no convertir esto en una condena del modelo europeo. Sin el dinero de los clubes masculinos, el fútbol femenino de élite probablemente no existiría a este nivel, y algunas secciones empiezan a sostenerse solas. El Barça Femení ingresa más de lo que gasta gracias a su éxito continuado en Europa, y el Arsenal ha rozado el equilibrio llenando el Emirates. Lo que falla es el reparto, porque la inversión se queda arriba y no baja.
Estados Unidos demuestra que había otro camino. La NWSL creció con clubes independientes, sin equipos masculinos detrás, y con un tope salarial que impide que un club rico se quede con todas las buenas jugadoras. En lugar de subvenciones atrajo capital privado que ve en los equipos femeninos un negocio. Michele Kang compró el Washington Spirit en 2022 por unos 35 millones de dólares, y Forbes lo valoraba el año pasado en torno a 130. Los clubes estadounidenses ingresan menos que los grandes europeos, pero se revalorizan y compiten entre sí.
Y ese dinero ya ha cruzado el Atlántico. La propia Kang controla hoy el Lyon femenino y el London City, desvinculados de cualquier club masculino. Es la primera red multiclub dedicada solo al fútbol femenino, y trata a sus equipos como activos con valor propio.
Europa levantó la cúspide del fútbol femenino con el dinero de los hombres. Puede que su base la acabe levantando el dinero de Estados Unidos.




