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Economia del futbol

¿Puede el color de una camiseta hacerte ganar partidos y millones?

La ciencia del rojo ganador se deshace en cuanto aparece el presupuesto. El color mueve mercancía, pero el capital manda en el césped.

Bruno SolerPor Bruno Soler·12 de julio de 2026·7 min de lectura
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Vincent Tan pensó que estaba comprando un club de fútbol. En realidad compró una guerra civil de bufandas. Cuando el inversor malasio tomó el Cardiff City en mayo de 2012 y decretó que los Bluebirds vestirían de rojo porque en Asia el rojo significa prosperidad y el dragón galés vende más que un pajarito azul, no calculó que la afición devolvería los abonos en bloque, boicotearía la tienda y levantaría bufandas azules en cada partido. El club se había fundado en 1899 como Riverside y adoptó el nombre en 1908, y esa memoria fue justo la que la grada blandió contra él. El resto fue una emboscada emocional en cada gol propio.

El color de una camiseta puede, efectivamente, mover millones. Lo que casi nunca puede es ganar partidos por sí solo. Ese desajuste entre lo que el marketing promete y lo que el césped concede es el nudo de toda esta historia.

Empecemos por el mito más resistente, el del rojo ganador. Los antropólogos Russell Hill y Robert Barton lo formalizaron en 2005 analizando los combates de Atenas 2004, donde a los atletas se les asignaba rojo o azul al azar y los de rojo ganaban con más frecuencia en peleas parejas. La lectura era evolutiva. En el reino animal el rojo señala testosterona, dominancia, agresividad, y provoca sumisión inconsciente en el rival. Suena bien alrededor de una barra. En 2008, Attrill, Gresty, Hill y el propio Barton llevaron la hipótesis al fútbol inglés desde 1947 y encontraron que los equipos de rojo ganaban ligas por encima de lo que su proporción numérica hacía esperar, sobre todo jugando en casa. Para blindarlo emparejaron ocho ciudades con clubes de rojo y de otros colores, Mánchester, Liverpool, Nottingham, y los de rojo salían mejor parados durante 55 años seguidos, con la edad del club descartada como excusa.

Si eso fuera verdad universal, una ventaja del 5% en partidos igualados valdría una fortuna. En la élite, una plaza europea o una permanencia se traducen en decenas de millones en derechos de televisión y patrocinio. La camiseta como palanca financiera silenciosa. Bonito.

El problema es que la ciencia no se puso de acuerdo consigo misma. García-Rubio, Picazo-Tadeo y González-Gómez cogieron en 2011 la Primera División española, 20 equipos, ocho temporadas, 160 observaciones, y aplicaron Análisis Envolvente de Datos, una técnica microeconómica que mide cuánto resultado deportivo exprime un club de sus recursos. Metieron como insumos el presupuesto, como aproximación a la calidad de plantilla, y la asistencia media en casa, como aproximación a la presión ambiental. Y cuando descontaron esas dos variables, el rojo dejó de brillar. Los equipos de camiseta roja marcaron una eficiencia media de 1,1071 frente a 1,0001 de los demás, y recuerde que aquí el 1,00 es la perfección y todo lo que sube es peor. Traducido, los de rojo rendían menos una vez neutralizado el dinero.

La razón española es de manual. Las máquinas de ganar del país, Real Madrid, Valencia y Sevilla, visten de blanco, y el Barcelona usa el rojo solo a medias, junto al azul. El rojo dominante en España vive en clubes que no acaparan títulos, así que la correlación inglesa se derrumba. El propio catálogo de refutaciones es largo, Kocher y Sutter, Allen y Jones, Krenn, Pollet y Peperkoorn, ninguno confirmó la ventaja innata del uniforme rojo en fútbol convencional. La lectura seria es que el capital manda y el pigmento decora. Un club bien gestionado anula cualquier efecto psicológico del tinte.

Baje al detalle del penalti y verá lo mismo. Iain Greenlees sugirió en 2008 que un portero de rojo intimidaba al lanzador, percibido como más grande, más seguro, más frío. Los experimentos posteriores con estímulos controlados no encontraron diferencias reales de éxito ni de percepción de confianza. Lo único que quedó fue una migaja curiosa, que los ejecutores disparaban de media 4,48 centímetros más alto contra un guardameta de azul que contra uno de rojo. Cuatro centímetros y medio. No es una ventaja, es una anécdota de laboratorio.

Y el supuesto árbitro racista con el rojo tampoco aparece. En taekwondo los jueces sí premian más al de rojo ante acciones idénticas, pero cuando se revisaron las amonestaciones de 320 partidos de cinco Mundiales de la FIFA, 2006, 2010, 2014, 2018 y 2022, las selecciones de rojo se quedaron clavadas en la media con 0,78 amarillas por partido, casi calcadas al blanco con 0,71 y al verde con 0,76. Ni castigo ni indulto. La mayor tasa de rojas por partido, 0,075, se la llevaron los combinados de amarillo u oro, y no por el color sino por el estilo bronco de gente como Brasil, Colombia y Suecia. Donde el color sí importa de verdad es en la visibilidad. El blanco es el que más contrasta sobre el verde, facilita localizar compañeros, acelera el pase y ayuda al juez de línea a cazar un fuera de juego a toda velocidad. Por eso el árbitro va de oro brillante y guarda juegos de rojo, azul, verde o negro para no confundirse con nadie.

Ahí es donde el color deja de ser superstición y se convierte en negocio de verdad. El mercado de mercancía futbolera mueve miles de millones de dólares al año y crece a un ritmo cercano al 6% anual, según los datos recogidos en el informe sobre la economía de las camisetas. Europa concentra buena parte de los ingresos, con la ropa deportiva copando el grueso del total y los canales físicos todavía por delante en las ventas. En ese ecosistema la primera camiseta es intocable, rehén del romántico de siempre, mientras la segunda y la tercera funcionan como líneas de moda urbana con libertad absoluta para meter neones, ocres y causas sociales que reinician la caja cada temporada.

El caso de éxito no siempre es un gigante. El VfL Bochum de la Bundesliga optó por anclar su identidad en tonos ligados a la iluminación industrial de su estadio, con herencia obrera y narrativa local en lugar de tendencias abstractas. Más de un año de desarrollo con agencias, campaña transversal, y el resultado fue una facturación récord de unos 2,4 millones de euros y más de 15.000 camisetas vendidas en dos años. Autenticidad rentabilizada con paciencia.

2,4M EUR
Facturación récord del VfL Bochum tras anclar su identidad cromática en la herencia obrera local, con más de 15.000 camisetas vendidas en dos años.
Fuente: informe sobre la economía de las camisetas

En la otra punta está el pelotazo. El PSG incorporó la submarca Jordan de Nike y trajo la estética del baloncesto callejero al fútbol europeo, con el fichaje de Neymar en 2017 disparando la demanda global como catalizador. Y el Inter Miami rompió el tabú del rosa en el fútbol masculino, una diferenciación instantánea que se multiplicó cuando llegó Messi en 2023, provocando uno de los mayores picos de fabricación en la historia de Adidas, con roturas de stock en Asia, Europa y América. El color como imán, siempre que venga acompañado de un nombre.

La objeción honesta al caso Cardiff es que a Tan le funcionó lo importante. Su dinero devolvió al club a la Premier por primera vez en más de medio siglo. La promesa deportiva se cumplió. Pero la fractura social amenazó la base de clientes, con un 85,21% del público general y un 83,58% de los socios del Trust en contra del rojo, frente a un raquítico 2,41% y 0,75% de apoyo. El 9 de enero de 2015 Tan rectificó y restauró el azul. El capital ganó ascensos y perdió la calle. Y la calle es la que renueva abonos.

Que se lo pregunten a Christian Pulisic, obligado con Estados Unidos y Bélgica a jugar los dos equipos de blanco integral en un amistoso para vender dos equipaciones a la vez, con pases fallados por confusión y espectadores incapaces de seguir el juego en pantalla. El activo más caro del fútbol es la televisión, y ningún departamento de marketing debería ganarle la partida al contraste. El color puede llenarte la tienda, pero como te nuble el partido, te vacía el banco.

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Bruno Soler

Bruno Soler

Economía y estrategia

Bruno Soler es economista y posee un MBA. Fue durante ese máster donde conoció a Carla Costa y juntos identificaron un vacío en la forma en que se informa sobre el fútbol: la mayoría de los medios se centran en lo que ocurre sobre el césped, mientras que muy pocos explican las fuerzas económicas que condicionan el deporte. Con esa idea fundaron Futbolnomics, un medio especializado en el análisis del negocio del fútbol, donde Bruno aporta su experiencia en economía, estrategia empresarial y finanzas para explicar, con datos y contexto, cómo funcionan los clubes, los mercados de fichajes, los derechos audiovisuales, las competiciones y la industria que mueve miles de millones de dólares cada año.

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