Futbolnomics
Psicología

Por qué casi ningún futbolista de élite estudia: el sistema que lo impide

Messi dice que se arrepiente de no haber estudiado y que a sus hijos solo les pide eso. El dato que importa no es que él no lo hiciera: es que casi ninguno lo hace, y que las razones no son del jugador.

5 de octubre de 2026·6 min de lectura
⚽Aviso: al final hay trampaTe espera un test de 3 preguntas para ver si de verdad has entendido el artículo. No corras al marcador… pero no te lo pierdas.Ver el test →

Hay una confesión de Messi que circula estos días y que vale más por lo que revela del sistema que por lo que dice de él. Contó que se arrepiente de muchas cosas, y en concreto de no haber estudiado y de no haber aprendido inglés de niño. Dijo que cuando se encuentra con determinadas personas se siente, en sus palabras, medio ignorante. Y que a sus hijos les pide siempre que estudien, porque el fútbol enseña valores pero no está por encima de la educación.

Lo dice el futbolista con menos necesidad del planeta de tener un plan alternativo. Si él se arrepiente, conviene preguntarse qué les pasa a los demás.

SpiderGamesEl juego de adivinar resultados
¿Sabes más de fútbol
que tus amigos?
Adivina los resultados de cada jornada, pica a tus amigos y sube en la tabla. Gratis.
Afición en el estadio
TU PREDICCIÓN4–0
Demuéstralo gratis → spidercule.com

Y los demás son muchos más de los que parece. En la Unión Europea, el cuarenta y tres por ciento de los jóvenes de entre veinticinco y treinta y cuatro años tiene estudios universitarios. Entre los futbolistas profesionales masculinos, la literatura académica sitúa esa proporción en una horquilla de entre el dos y el cinco por ciento. La escolarización obligatoria se cumple, porque la ley lo exige, pero el abandono se dispara justo cuando llega el primer contrato profesional, entre los diecisiete y los diecinueve años.

2–5 %
La proporción de futbolistas profesionales masculinos con estudios universitarios, frente al 43 % de los jóvenes europeos en general. La brecha no es un accidente: es el resultado de un sistema de incentivos.

La tentación es explicarlo por el dinero: quien va a ganar millones no necesita un título. Pero esa explicación se cae en cuanto se mira el fútbol femenino, que tiene exactamente la misma exigencia deportiva y resultados opuestos. El ochenta y cuatro por ciento de las futbolistas profesionales terminó la secundaria y alrededor de un treinta por ciento tiene carrera universitaria. En la liga alemana, casi la mitad está cursando estudios superiores mientras compite. Entrenan igual, viajan igual y juegan igual. Lo que cambia es que ellas saben que el fútbol no les va a pagar los cincuenta años siguientes.

Eso deja la cuestión donde debe estar: no es un problema de capacidad ni de tiempo, es un problema de incentivos. Y los incentivos están mal repartidos.

Para un club, un futbolista es un activo que figura en el balance y se amortiza. Lo que justifica esa inversión son los resultados inmediatos o la plusvalía en un traspaso, y cualquier cosa que no sea entrenar, descansar o cumplir compromisos comerciales se percibe como ruido. No hace falta que nadie prohíba estudiar: basta con que el entorno lo trate como una distracción. La literatura sociológica es bastante clara al respecto, y documenta que los entrenadores interpretan el interés académico como falta de compromiso. En las academias se cultiva una identidad única, la de futbolista, donde plantearse una alternativa equivale a admitir de antemano que no vas a llegar.

Los agentes tampoco ayudan, y tampoco por maldad. Sus ingresos vienen de comisiones por fichajes y renovaciones, operaciones que ocurren en ventanas de semanas. Nadie cobra por que su representado termine una carrera. El horizonte temporal del intermediario y el del futbolista a los cuarenta años no se parecen en nada.

Y aquí llega la parte incómoda. Un trabajador sin alternativas fuera de su sector negocia peor, y eso vale para el fútbol igual que para cualquier otro oficio. El sindicato internacional de futbolistas ha documentado cómo en las categorías intermedias y bajas la ausencia de salidas laborales empuja a aceptar contratos cortos, salarios degradados e incluso impagos, simplemente porque no hay a dónde ir. No hace falta suponer una conspiración: basta con constatar que a nadie en la cadena le conviene que el jugador tenga opciones.

Nada de esto importaría demasiado si la mayoría llegara a vivir del fútbol. Pero la pirámide es feroz. De los niños que entran en una academia profesional inglesa a los nueve años, menos del medio por ciento acaba ganándose la vida con esto. Y de los que a los dieciséis consiguen una beca de formación en un club, cinco de cada seis ya no están en el fútbol profesional a los veintiuno. Son chicos de diecinueve o veinte años, fuera del sistema, con una certificación técnica deportiva que apenas vale nada en el mercado laboral ordinario y sin haber hecho otra cosa en su vida.

<0,5%
De los niños que entran en una academia profesional inglesa a los nueve años, menos del medio por ciento acaba ganándose la vida con el fútbol. La apuesta que el sistema les pide hacer rara vez sale bien.

El coste humano está medido. Una investigación británica encontró que más de la mitad de los jóvenes descartados de academias presentaba niveles clínicos de angustia psicológica tres semanas después de que les comunicaran la baja. Y entre los profesionales, los estudios del cuerpo médico del sindicato internacional sitúan en torno al treinta y cinco por ciento los exfutbolistas con síntomas de ansiedad o depresión.

Hay que ser justos con el otro lado del argumento, porque tiene fundamento. Las normas de academias europeas sí exigen formación: el sistema inglés obliga a veinte horas lectivas semanales, la carta francesa impone un contrato de doble proyecto, y Alemania y Países Bajos han montado institutos coordinados con los clubes para que los chavales terminen el bachillerato. El problema es lo que se enseña, porque las certificaciones vocacionales deportivas que se imparten mayoritariamente son de bajo valor fuera del deporte, y los propios responsables educativos reconocen que los jugadores apuntan al aprobado mínimo.

Y existe un argumento fisiológico que conviene no despachar. Un estudio experimental publicado en una revista de medicina deportiva demostró que la fatiga mental prolongada deteriora el rendimiento físico y técnico de los futbolistas: menos distancia recorrida, peor precisión en el disparo, decisiones más lentas. Con calendarios de sesenta o setenta partidos por temporada, las horas libres hacen falta para recuperarse. No es que estudiar sea imposible, pero no es gratis.

Lo que esas objeciones no explican es por qué el mismo calendario permite estudiar a una futbolista y no a un futbolista. Ni por qué hay casos verificados de jugadores que lo hicieron en lo más alto. Chiellini terminó su grado en Economía y después un máster con mención de honor en Turín mientras era capitán de la Juventus, y ha contado que estudiaba durante las concentraciones y negociaba sus exámenes orales según el calendario de la Champions. Rodri se graduó en Administración de Empresas mientras ya jugaba en el Manchester City. Juan Mata sacó dos títulos compaginándolos con el Valencia, el Chelsea y el United. Son excepciones, y lo son precisamente porque tuvieron que remar contra el sistema en lugar de apoyarse en él.

El contraste con Estados Unidos es el que más incomoda. Allí el camino al deporte profesional pasa por la universidad, con obligaciones académicas para mantener la elegibilidad, y nadie lo considera una distracción. El modelo tiene sus propias miserias, incluidos escándalos de asignaturas inventadas para proteger a los deportistas, pero resuelve bien una cosa: el noventa y ocho por ciento largo de los que no llegan a profesionales sale de ahí con un título.

Por eso la frase de Messi es más dura de lo que parece. Él dice que tuvo tiempo y no lo aprovechó, y se lo reprocha a sí mismo. Pero un chico de dieciséis años, viviendo en una residencia a quinientos kilómetros de su casa, con un entrenador que decide su futuro y un entorno que le repite que solo debe pensar en el balón, no está tomando esa decisión en condiciones de igualdad.

El mejor futbolista de la historia se arrepiente de no haber estudiado. Lo llamativo es que el fútbol siga organizado para que esa sea la decisión racional.

¿Te ha parecido útil?
El testJuega

¿De verdad lo has pillado?

Tres preguntas rápidas sobre las conclusiones del artículo. Juega y descubre cuánto has aprendido.

Para vernos más en Google
Compartir

Comentarios0

Entra con tu cuenta de Google para comentar, ganar puntos y desbloquear insignias.

Sigue leyendo