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Operar o no operar a un futbolista: la decisión médica que también depende del calendario y del balance

Frenkie de Jong evitó el quirófano y la conversación derivó hacia su sueldo. Detrás de cada lesión grave hay un cruce entre lo que dice la evidencia, lo que exige el calendario y lo que conviene a las cuentas del club.

24 de septiembre de 2026·6 min de lectura
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Cuando Frenkie de Jong se lesionó la rodilla y optó por no pasar por el quirófano, el debate público duró poco en el terreno médico. En cuestión de días se había convertido en otra cosa: un jugador caro que supuestamente se negaba a operarse contra el criterio de los servicios médicos. El propio futbolista acabó desmintiéndolo, explicando que la decisión fue consensuada con los médicos del club, y de paso desmintiendo también las cifras que circulaban sobre su salario. La conversación clínica había sido absorbida por la conversación financiera.

Lo llamativo es que esa contaminación no era del todo injustificada. En el fútbol profesional, la decisión de operar rara vez es un cálculo médico aislado. El cuerpo de un futbolista es, a la vez, un organismo y un activo contable, y las dos cosas responden a lógicas distintas que no siempre apuntan en la misma dirección.

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Conviene empezar por lo que dice la evidencia, porque ahí ya hay sorpresas. El cirujano ortopédico Ian Harris publicó hace una década un libro con un título provocador, Surgery: The Ultimate Placebo, en el que sostenía que buena parte de la cirugía ortopédica electiva no supera en resultados a un placebo. Su argumento se apoya en ensayos con cirugía simulada: pacientes a los que se les hizo una incisión y nada más, y que evolucionaron igual que los operados de verdad. La meniscectomía por lesiones degenerativas y la descompresión del hombro son sus ejemplos más citados.

La tesis ha recibido críticas serias, y la principal es pertinente aquí: Harris razona sobre poblaciones y el cirujano opera a individuos concretos. Pero sobre todo, sus conclusiones se refieren en gran medida a patologías degenerativas en pacientes mayores, no a roturas traumáticas en atletas de veinticinco años. Trasladarlas al fútbol sin matices sería un error.

Con esa cautela, el panorama en las lesiones típicas del fútbol es más matizado de lo que sugiere la costumbre. En el ligamento cruzado anterior, el ensayo KANON siguió durante diez años a pacientes asignados a cirugía temprana o a rehabilitación, y encontró que la mitad de los del grupo conservador nunca llegó a necesitar la operación. Aun así, en el fútbol de élite el consenso sigue siendo operar, porque los cambios de dirección y los apoyos en pivote exigen una estabilidad que la musculatura difícilmente sostiene. En el tendón de Aquiles, los metaanálisis han ido igualando las tasas de nueva rotura entre operar y rehabilitar con inmovilización funcional, aunque la élite sigue inclinándose por la cirugía para preservar la fuerza explosiva. En las tendinopatías, el trabajo excéntrico gana claramente al bisturí, que queda reservado para los casos que no responden después de meses. Y en la fractura del quinto metatarsiano el consenso quirúrgico es absoluto, porque la zona apenas tiene riego y el hueso no consolida solo.

Es decir, hay lesiones donde la evidencia es terminante y otras donde existe un margen real de decisión. Y es precisamente en ese margen donde entran los factores que no son médicos.

El primero es el coste del tiempo. Un informe sectorial cifró en más de 730 millones de euros lo que las cinco grandes ligas europeas pagaron en una temporada en salarios de jugadores lesionados, con la Premier League absorbiendo casi la mitad. Cada día de baja es dinero que sale sin contrapartida deportiva. La presión por acortar plazos no nace de la maldad de nadie: nace de esa factura.

738M EUR
Lo que las cinco grandes ligas europeas pagaron en una sola temporada en salarios de jugadores lesionados. La factura explica por qué la presión por acortar plazos de recuperación no nace de la maldad de nadie, sino de ese número.

El segundo es la depreciación. Los derechos de un jugador se contabilizan como un activo intangible que se amortiza a lo largo del contrato, y su valor de mercado se erosiona con cada semana de inactividad. Los modelos econométricos sobre datos de mercado sitúan en torno a un once por ciento la caída media del valor de un futbolista cuando la ausencia supera el mes. Una lesión larga no solo cuesta salarios: rebaja el precio del activo.

~11%
La caída media del valor de mercado de un futbolista cuando su ausencia supera el mes. Una lesión larga no solo cuesta salarios: rebaja el precio del activo en los libros del club.

Y el tercero es el más incómodo, porque es un incentivo creado por la propia regulación. En España, la normativa de control económico permite a un club superar su límite salarial para inscribir a un sustituto cuando un jugador sufre una baja certificada de larga duración, con un umbral fijado en cuatro meses. Para un club asfixiado por el fair play financiero, una intervención quirúrgica con plazos predecibles garantiza cruzar ese umbral, mientras que un tratamiento conservador de evolución incierta puede dejar al club sin esa válvula. La regla no obliga a operar a nadie, pero introduce una preferencia donde antes solo debía haber criterio clínico.

Hay además un incentivo que empuja al propio jugador hacia el quirófano, y que se suele pasar por alto. Los contratos firmados no pueden condicionarse a superar un reconocimiento médico, así que los clubes compradores examinan al detalle antes de firmar. Un futbolista que esquivó una operación puede encontrarse, dos años después, con que una resonancia frustra el traspaso más importante de su carrera.

Frente a todo esto, la decisión final es legalmente suya. La ley de autonomía del paciente convierte el consentimiento informado en un derecho inalienable, y ningún club puede imponer una intervención por mucho que le cueste la espera. Lo que sí puede hacer es sugerir, insistir, y crear un clima. Por eso la segunda opinión independiente se ha vuelto rutina en la élite: es la forma que tiene el jugador de contrastar el criterio de unos médicos que, por honestos que sean, cobran del club.

Conviene no dibujar una conspiración donde hay sobre todo tensión. En muchos casos la medicina manda sin discusión y el cálculo financiero es irrelevante. Y hay un argumento que apunta en dirección contraria a la sospecha: precisamente porque un jugador vale cien millones, los servicios médicos de los grandes clubes son más cautos que el deporte amateur, con monitorización constante y retirada al primer indicio de sobrecarga. Proteger el activo también significa no romperlo.

La tendencia de fondo, además, se mueve hacia operar menos. Las terapias regenerativas, la rehabilitación funcional y el trabajo de fuerza han ido desplazando al bisturí en patologías donde antes era automático.

Lo que no se mueve es el calendario. El sindicato de futbolistas lleva años documentando que más de la mitad de los jugadores de élite acumulan cargas que sus informes califican de excesivas, y que las lesiones de los menores de veintiún años se han agravado de forma brusca. Se puede discutir si conviene operar o rehabilitar. Es más difícil discutir que el cuerpo necesita un descanso que el negocio no contempla.

Al final, la pregunta sobre el quirófano casi siempre esconde otra. No es solo si esta lesión se cura mejor con cirugía, sino cuánto tiempo puede esperar quien paga.

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