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Nuevo formato de la Champions League: cuánto dinero gana la UEFA y cuánto cobran los clubes en 2026

La fase de liga disparó los ingresos de la UEFA por encima de los 5.000 millones de euros, pero el éxito comercial tiene un coste que no aparece en las cuentas: más desigualdad entre clubes y un calendario al límite.

28 de agosto de 2026·9 min de lectura
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La tercera Champions League del nuevo formato acaba de ser sorteada y, a estas alturas, ya resulta difícil sostener que el experimento de la UEFA haya fracasado. Puede discutirse si la fase de liga del llamado formato suizo es más elegante que los antiguos grupos de cuatro equipos, o si realmente necesitábamos ver todavía más partidos de fútbol. Lo que resulta bastante menos discutible es que, como producto comercial, la nueva Champions funciona muy bien.

La temporada 2024-2025 dejó una cifra que explica buena parte de lo que está ocurriendo en el fútbol europeo. UEFA ingresó 5.014 millones de euros, superando por primera vez los 5.000 millones en una temporada sin Eurocopa, y sus competiciones de clubes aportaron 4.414 de esos millones. El organismo atribuye buena parte del crecimiento precisamente al nuevo formato de sus torneos masculinos.

Conviene entender qué cambió exactamente, porque el movimiento no consiste simplemente en haber sustituido ocho grupos por una clasificación de 36 equipos. La verdadera innovación económica fue fabricar más inventario premium sin crear formalmente una nueva competición. Cada club pasó de seis a ocho encuentros antes de las eliminatorias, aparecieron más enfrentamientos entre grandes equipos, se incorporaron cuatro participantes adicionales y, sobre todo, la UEFA consiguió extender el periodo durante el cual cada club tiene algo relevante en juego.

El resultado es una máquina comercial bastante más grande. Los derechos audiovisuales globales de la Champions aumentaron alrededor de un 20 por ciento en el ciclo iniciado en 2024 respecto al anterior, y los derechos comerciales crecieron un 25 por ciento. El Financial Times señalaba además que UEFA observó crecimientos de audiencia de dos dígitos en grandes mercados durante la primera temporada del nuevo sistema: TNT Sports, por ejemplo, registró en Reino Unido un aumento del 28 por ciento en alcance y del 7 por ciento en minutos consumidos.

Pero hay algo todavía más interesante detrás de esos números, y es que UEFA no se limitó a vender más partidos: consiguió aumentar el valor económico de una parte de ellos. Para entenderlo hay que recordar el defecto que arrastraba la antigua Champions. Su fase de grupos era sencilla de comprender, pero comercialmente desperdiciaba partidos. Cada equipo disputaba seis encuentros contra sus tres rivales de grupo y, conforme avanzaba noviembre, aparecía una mercancía particularmente poco atractiva para cualquier televisión: encuentros cuyo resultado apenas importaba.

El nuevo formato atacó exactamente ese problema. En la primera temporada de la fase de liga solamente Liverpool y Barcelona habían asegurado matemáticamente su clasificación directa a octavos antes de la última jornada. Diecisiete equipos llegaron a esa jornada con posibilidades de terminar entre los ocho primeros y 25 podían todavía alcanzar los playoffs. Eso permitió a UEFA convertir la última jornada en algo parecido a una jornada final de una liga nacional: 18 partidos simultáneos y una clasificación que cambiaba constantemente. Desde la perspectiva del aficionado puede parecer simplemente entretenimiento; desde la perspectiva de quien compra los derechos es otra cosa: inventario televisivo con incertidumbre. Y la incertidumbre vende.

A eso se suma el volumen puro. La Champions anterior producía 125 partidos desde la fase de grupos hasta la final, mientras que el nuevo sistema genera 189 contando los playoffs: 64 partidos adicionales. La UEFA encontró, en otras palabras, petróleo debajo de un terreno que ya poseía.

Naturalmente, para conseguir que los clubes aceptasen jugar más había que repartirles una parte importante del incremento. La Champions dispone actualmente de unos 2.467 millones de euros para distribuir entre los participantes de la competición y la Supercopa, dentro de un sistema europeo que prevé ingresos brutos anuales cercanos a los 4.400 millones. Cada participante en la fase de liga recibe 18,62 millones de euros antes incluso de considerar sus resultados, y a partir de ahí comienza una estructura bastante más agresiva de incentivos: victorias, empates, posición final en la clasificación y avance por las eliminatorias. Un club campeón puede acumular más de 100 millones de euros procedentes únicamente de UEFA antes de añadir taquilla y determinados ingresos comerciales asociados a su recorrido.

La arquitectura del reparto también ha cambiado de una manera importante. El antiguo market pool y el coeficiente histórico han sido integrados en lo que UEFA denomina el value pillar: unos 914 millones se reservan a pagos vinculados al rendimiento y unos 853 millones al componente de valor. Eso importa porque la competición sigue sin ser económicamente neutral. Ganar importa, pero ser grande también. Un Real Madrid, Bayern, Liverpool o Paris Saint-Germain no entra en la Champions con la misma capacidad de explotación económica que un club procedente de una liga pequeña: su audiencia internacional, su mercado televisivo, su coeficiente y su capacidad de llenar un estadio con entradas premium convierten cada partido europeo adicional en un activo mucho más rentable. El mismo encuentro adicional no vale lo mismo para todos.

93,5%
De cada euro neto generado por las competiciones masculinas centralizadas de la UEFA, 93,5 céntimos van a los clubes que participan en esas competiciones. Es el dato que mejor resume por qué la solidaridad existe pero no compensa el efecto competitivo del dinero Champions en las ligas nacionales.
Los datos, en gráficosLa UEFA encontró petróleo en el calendarioVerlos →

Y aquí comienza la parte menos cómoda del experimento, porque la Champions se ha hecho más rica al mismo tiempo que el fútbol europeo se hacía más desigual. UEFA insiste, con razón, en que el crecimiento no se queda exclusivamente entre los participantes. La solidaridad destinada a clubes masculinos aumentó sustancialmente con el nuevo ciclo: en 2024-2025 alcanzó unos 465 millones de euros, 193 millones más que la temporada anterior, y para 2025-2026 el sistema reservó 308 millones solamente para clubes que no participaban en las competiciones UEFA. No es una cantidad marginal.

El problema es que esa solidaridad intenta corregir una desigualdad que la propia Champions contribuye simultáneamente a aumentar. Para un gran club europeo, clasificarse recurrentemente significa recibir decenas de millones adicionales cada temporada. Ese dinero permite contratar mejores jugadores, sostener salarios mayores y amortizar fichajes más caros, lo que a su vez aumenta las probabilidades de terminar nuevamente en las posiciones Champions de su campeonato doméstico. Entonces vuelve a entrar dinero y el mecanismo se retroalimenta. La UEFA distribuye parte del excedente hacia abajo, pero distribuye muchísimo más hacia quienes participan: en el actual modelo, el 93,5 por ciento de los ingresos netos de las competiciones masculinas centralizadas se dirige a los clubes que disputan esas competiciones. Por eso la pregunta relevante no es si existe solidaridad, que existe y ha aumentado, sino si crece suficientemente rápido como para compensar el efecto competitivo del dinero Champions dentro de las ligas nacionales. La respuesta es mucho menos evidente.

Hay, además, una factura que no aparece en las cuentas de UEFA. Los ingresos son relativamente fáciles de medir; el coste físico del producto no lo es. Un club que antes disputaba seis encuentros en la fase inicial juega ahora ocho, y si termina entre las posiciones novena y vigesimocuarta añade una eliminatoria de playoff a doble partido que anteriormente no existía. Paradójicamente, no terminar entre los ocho primeros puede convertir la ampliación de la Champions en cuatro partidos europeos adicionales respecto al antiguo formato. Para los grandes clubes el coste marginal financiero de esos encuentros resulta perfectamente asumible: viajes, hoteles, seguridad o apertura del estadio representan cantidades pequeñas frente a los ingresos generados. El recurso escaso no es el dinero.

Son los futbolistas.

FIFPRO lleva años advirtiendo que la expansión simultánea de la Champions, el Mundial de Clubes y las competiciones internacionales está llevando a determinados jugadores hacia temporadas de 70, 75 e incluso potencialmente más de 80 encuentros entre clubes y selecciones. Aquí aparece una peculiaridad económica del fútbol moderno: casi todas las industrias responden al aumento de demanda aumentando la utilización de sus activos, y el fútbol está haciendo exactamente lo mismo, salvo que sus activos principales son seres humanos. Un centro de datos puede aumentar utilización, una aerolínea puede intentar hacer volar más horas sus aviones y una fábrica puede incorporar otro turno, pero un mediocampista no puede jugar indefinidamente tres partidos cada siete días. La Champions ha descubierto cómo monetizar mejor el calendario justo cuando el calendario se está convirtiendo en el recurso más escaso de la industria.

189partidos
El nuevo formato genera 189 partidos contando los playoffs, frente a los 125 del formato anterior: 64 encuentros adicionales que la UEFA convirtió en inventario audiovisual premium sin crear formalmente una nueva competición.
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A esa factura física se añade una segunda externalidad que raramente acompaña a las cifras del nuevo formato: cada martes y miércoles europeo adicional compite indirectamente con las ligas nacionales. No necesariamente por audiencia en la misma franja horaria, sino por importancia económica. Hace treinta años, el campeonato nacional era el producto central de un gran club europeo y la Copa de Europa era la recompensa por haberlo ganado; hoy la relación comienza a parecerse peligrosamente a la inversa, con la liga doméstica convirtiéndose progresivamente en el mecanismo de clasificación para el producto económicamente superior. Cuanto más dinero genera la Champions, más importante resulta clasificarse, y cuanto más importante resulta clasificarse, mayor es la distancia financiera entre los clubes que entran regularmente y los que permanecen fuera.

Existe una ironía considerable en todo esto. UEFA ha combatido durante años proyectos como la Superliga argumentando que amenazaban el ecosistema competitivo del fútbol europeo, pero su respuesta comercial ha consistido en construir una Champions que incorpora algunas de las características económicas que hacían atractiva aquella idea: más partidos entre grandes clubes, mayor previsibilidad de ingresos, mayor inventario audiovisual y una competición europea cada vez más central dentro de la economía de los equipos de élite. No es una Superliga cerrada, pero cada vez se parece más a una superliga abierta. La diferencia es importante desde el punto de vista deportivo; desde el punto de vista económico, bastante menos.

Nada de esto significa que el nuevo formato sea un fracaso. Más bien ocurre lo contrario. Después de dos temporadas, la evidencia disponible apunta a que UEFA acertó en su diagnóstico comercial: había demanda para más Champions, las televisiones estaban dispuestas a pagar por ella, los patrocinadores también, los aficionados continuaron consumiéndola y la clasificación única consiguió mantener incertidumbre deportiva durante más tiempo. Mientras tanto, los ingresos agregados de los clubes europeos alcanzaron 28.600 millones en 2024 y UEFA espera que superen los 30.000 millones. El fútbol europeo nunca había generado tanto dinero.

Quizá por eso la discusión está mal planteada. La pregunta ya no es si el formato suizo funciona, porque funciona. La pregunta es durante cuánto tiempo puede seguir funcionando la estrategia que hay detrás. Durante décadas, la respuesta del fútbol a prácticamente cualquier problema económico ha sido producir más fútbol: más competiciones, más participantes, más eliminatorias, más jornadas, más mercados internacionales y más ventanas televisivas. La Champions de 2024 demostró que todavía quedaba dinero por extraer del calendario, pero también puede haber demostrado algo más importante: el fútbol europeo se aproxima al momento en que añadir otro partido seguirá aumentando los ingresos, pero empezará a reducir el valor de todo lo demás.

Y cuando eso ocurra, el activo verdaderamente escaso de la industria ya no serán los derechos de televisión.

Será una noche libre.

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