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Mbappé deja Nike por On: por qué el fichaje del año se ha firmado fuera del campo

El cambio de marca del delantero del Real Madrid no es un contrato de botas más: revela quién es realmente dueño de la imagen de un futbolista, quién asume el riesgo y por qué el patrocinio fijo de toda la vida empieza a desaparecer en la cima del fútbol.

19 de septiembre de 2026·8 min de lectura
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Kylian Mbappé llevaba botas Nike desde que tenía ocho años. La relación empezó en 2006, cuando todavía era un niño de Bondy, y durante casi dos décadas lo convirtió en el rostro de las Mercurial y en una de las piezas centrales de la estrategia futbolística de la marca estadounidense. Esta semana esa historia se ha terminado. Mbappé ha firmado con On, la compañía suiza asociada a Roger Federer, que todavía no vende una sola bota de fútbol y que ha elegido al capitán de Francia para entrar en el negocio. Contado así parece un cambio de patrocinador, pero lo que se ha movido es bastante más profundo: la forma en la que una superestrella del fútbol convierte su nombre en dinero.

Para entenderlo hay que empezar por una pregunta que el fútbol lleva veinte años discutiendo en voz baja: de quién es la imagen de un futbolista. Desde el punto de vista legal, la respuesta parece sencilla, porque la imagen es un derecho de la persona. Pero esa imagen tiene también una vertiente comercial que se puede ceder, licenciar y repartir, y ahí empieza la negociación. Un jugador desconocido en un club pequeño no tiene mucho que repartir. Una estrella en el Real Madrid tiene muchísimo, y la discusión real es cuánto de ese valor lo pone él y cuánto lo pone el escudo.

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El Real Madrid tuvo durante años una respuesta muy clara. Con la llegada de Florentino Pérez a principios de siglo, el club impuso una regla casi innegociable: la mitad de los ingresos comerciales de cada jugador era para la institución, incluidos los patrocinios personales que el futbolista ya tuviera antes de llegar. La lógica era que el Madrid multiplicaba el valor de cualquiera que se vistiera de blanco, y que por tanto tenía derecho a una parte de lo que ese valor generaba. Figo, Zidane y Beckham aceptaron ese reparto, y el club construyó sobre él una de sus ventajas estructurales: pagar salarios de élite sin que la masa salarial se comiera sus ingresos, porque una parte del coste de las estrellas volvía por la vía comercial.

Ese modelo tuvo pocas excepciones. Cristiano Ronaldo consiguió en 2009 un reparto más favorable para él y años después vendió sus derechos de imagen a una empresa externa, dejando dentro del club solo lo vinculado a la camiseta y a los patrocinadores oficiales. Pero la excepción que de verdad rompe el modelo es Mbappé. Su llegada al Bernabéu estuvo a punto de fracasar precisamente por esto: el entorno del jugador, que en París había retenido el control total de su imagen y había llegado a negarse a posar con patrocinadores de la selección que no encajaban con sus valores, consideraba inaceptable ceder la mitad de su negocio personal. La solución fue partir la imagen en dos. Según lo publicado, el club se queda con la mayor parte de lo que genera Mbappé dentro del contexto del Real Madrid, es decir, camisetas, campañas de los patrocinadores del club y explotación institucional, mientras que el jugador conserva íntegros sus patrocinios personales.

Ese detalle contractual, que en su día pasó casi desapercibido, es lo que hace posible la noticia de esta semana. Si Mbappé hubiera aceptado el viejo modelo del cincuenta por ciento, su acuerdo con On sería en parte un negocio del Real Madrid. No lo es. La decisión de dejar Nike, elegir una marca sin historia en el fútbol y aceptar una forma de pago completamente distinta la ha tomado él solo, porque esa parte de su imagen le pertenece solo a él. El club recibe el valor del Mbappé que marca goles con su camiseta; el Mbappé que calza unas botas y construye una marca es una empresa aparte.

Y esa empresa acaba de cambiar su modelo de ingresos. Según The Athletic, el acuerdo con On incluye participación en el capital de la compañía. Mbappé no va a cobrar solo una cantidad fija por llevar un logotipo, que es como ha funcionado el patrocinio deportivo durante décadas, sino que pasa a ser dueño de una parte del negocio que ayuda a construir. Además trabajará con los equipos de producto en el diseño y las pruebas de las botas, y el proyecto prevé una línea con su nombre. Ya no es un soporte publicitario, un cartel con piernas por el que la marca paga un alquiler. Es un socio.

El precedente es evidente y On no lo esconde. Roger Federer dejó Nike, renunció a un contrato de patrocinio clásico y en 2019 entró en el capital de On, una marca que entonces era pequeña. Se implicó en el producto, le dio credibilidad en el tenis, y cuando la empresa salió a bolsa en Nueva York dos años después su participación se convirtió en una de las mejores inversiones que ha hecho nunca un deportista. Ningún contrato de patrocinio le habría dado algo parecido. On ha repetido la fórmula con otros tenistas y ahora la traslada al deporte más grande del mundo, con un director de fútbol, Thierry Henry, que llevaba meses trabajando en la sombra para convencer a Mbappé.

Hasta aquí, la lectura cómoda de la noticia: el futbolista de élite ya no es un empleado ni un anuncio, es una corporación que decide cómo explotar su propio nombre. Es la teoría que los economistas llaman efecto superestrella, formulada por Sherwin Rosen hace más de cuarenta años: cuando la tecnología permite que el mejor llegue a todo el mundo a la vez, el mejor se queda con una parte desproporcionada del mercado. Las redes sociales han llevado esa lógica al extremo. Un jugador con cientos de millones de seguidores ya no necesita a su club ni a su marca para llegar al consumidor, y por eso puede exigir otra cosa que no sea un cheque.

Pero hay un dato que complica ese relato triunfal. Según fuentes citadas por CNBC, no fue Mbappé quien rompió con Nike, sino Nike quien decidió no renovarle cuando el contrato venció este verano, para destinar ese dinero a otros deportistas. La marca atraviesa una reestructuración profunda, con las ventas bajo presión y la bolsa castigándola, y ha decidido que pagar una cifra fija muy alta a una estrella consolidada ya no le compensa. No es un caso aislado: Lamine Yamal, la otra gran figura de la generación, también ha salido de Nike hacia Adidas. Las grandes marcas están recalculando cuánto vale alquilar la imagen de un futbolista, y la respuesta es que menos de lo que valía.

Visto desde ese ángulo, el acuerdo con On deja de ser solo una emancipación y pasa a ser también un traslado de riesgo. Un patrocinio fijo es un sueldo: la marca asume el riesgo de que la campaña funcione o no, y el jugador cobra igual. Una participación en el capital funciona al revés. Si On triunfa en el fútbol, Mbappé ganará mucho más de lo que Nike le habría pagado nunca. Si las botas no convencen, si la marca no consigue abrirse paso en un mercado dominado por Nike, Adidas y Puma, o si simplemente la bolsa castiga a la empresa en un mal trimestre, el valor de su parte baja con ella. Federer lo ha vivido en los dos sentidos: la misma participación que le hizo inmensamente rico sube y baja con cada presentación de resultados.

Esto conecta con el viejo argumento de los clubes en la guerra por los derechos de imagen. El Real Madrid defendía su mitad con la idea de que era la institución la que asumía el riesgo: pagaba los salarios aunque el jugador se lesionara, construía estadios, sostenía la marca durante décadas. El talento, decían, ponía el carisma; el club ponía el balance. Lo que muestra el caso Mbappé es que ese reparto de papeles se está invirtiendo. El jugador ya no solo reclama la propiedad de su imagen, también empieza a asumir el riesgo empresarial que antes asumían otros. Quiere ser dueño, y ser dueño significa poder perder.

Por eso el fichaje de Mbappé por On es más interesante que cualquier traspaso de este verano. No dice solo que las estrellas han ganado la batalla por el control de su imagen, algo que su contrato con el Real Madrid ya había dejado claro. Dice que, justo cuando la han ganado, el dinero garantizado se está retirando de la cima del mercado. Las marcas grandes pagan menos por alquilar, las pequeñas ofrecen acciones en lugar de cheques, y el futbolista que quiere seguir siendo el más valioso tiene que convertirse en inversor. Durante veinte años el debate fue quién se quedaba con el valor de la imagen de un jugador. A partir de ahora, la pregunta incómoda va a ser otra: quién paga cuando ese valor cae.

Tres avisos sobre el informe base, para que no te pillen en la web. El reparto 80/20 del contrato de Mbappé con el Madrid es información de prensa no confirmada oficialmente, por eso lo he dejado como "según lo publicado" y sin porcentaje. La caída de On en agosto de 2026 y la pérdida concreta de Federer no las he podido verificar, así que no las he usado con cifra. Y la "Ley Mbappé" con un tipo efectivo del 24,5% es una lectura muy agresiva de la norma; la he dejado fuera porque desviaba el hilo. Si quieres, lo paso a un doc.

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