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¿Por qué fracasó la privatización del Mundial de la FIFA? Análisis económico y financiero

La FIFA intentó ceder el 20% de su negocio comercial a un fondo de capital privado por 4.200 millones de dólares. Tenía deuda cero, reservas líquidas récord y un monopolio en máximos. El plan duró menos de un fin de semana.

Bruno SolerPor Bruno Soler·1 de agosto de 2026·6 min de lectura
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La FIFA tasó su gallina de los huevos de oro en 20.000 millones de dólares, ofreció el 20% a un fondo de capital privado y todo el tinglado se derrumbó en 36 horas. Entre la reunión de Sun Valley donde se cocinó la operación y el comunicado nocturno de Gianni Infantino cancelándolo todo pasó menos de un fin de semana largo. Un proyecto de dos décimas de billón evaporado en el tiempo que tarda en enfriarse un café.

La operación tenía nombre corporativo, FIFA Forward Enterprise, y arquitectura de banca de inversión. J.P. Morgan como asesor financiero, Greg Maffei —el ex de Liberty Media— como mediador comercial, y el fondo Thrive Eternal de Joshua Kushner, gestionado por Thrive Capital, listo para inyectar 4.200 millones a cambio de esa quinta parte. Sobre el papel, ingeniería impecable. En la práctica, la peor decisión financiera imaginable, porque la FIFA intentó vender cuando no necesitaba un céntimo.

Ahí está lo que convierte esto en un caso de manual invertido. El capital privado entra en el deporte cuando hay sangre. LaLiga y la Ligue 1 abrieron sus filiales comerciales a fondos porque venían de la sangría de contratos televisivos y del agujero de la pandemia. Necesitaban liquidez inmediata, know-how tecnológico para explotar el streaming global, dinero de golpe para infraestructuras que tardarían años en pagarse con ingresos ordinarios. La lógica del private equity vive de eso, de rescatar a quien no puede endeudarse o de acelerar un negocio que el dueño no sabe hacer crecer solo.

La FIFA no cumplía ninguna de esas condiciones. Ni una. Sus propias estimaciones apuntaban a ingresos de récord en el ciclo en curso, tenía deuda cero y guardaba miles de millones líquidos parados en cuentas bancarias sin hacer nada. Un monopolio en máximos históricos, con el colchón lleno, decidió vender un pedazo permanente de su joya para embolsarse un pago único de 4.200 millones. Cambiar dividendos de por vida sobre el Mundial por un cheque que era menos de lo que ya tenía dormido en el banco. Cualquier estudiante de primero de Finanzas suspendería un examen por proponer eso.

20.000M USD
Valoración que la FIFA asignó a FIFA Forward Enterprise. La cifra dependía íntegramente de los ingresos generados por las selecciones europeas y sudamericanas; sin ellas, según el propio análisis de J.P. Morgan, la tasación se convertía en ficción.
Fuente: FIFA / J.P. Morgan

Cuando la aritmética no cuadra, la explicación suele estar en otra columna. La verdadera contabilidad de este plan era política. Los 4.200 millones del fondo servían de munición para repartir cheques inmediatos de entre 40 y 53 millones de dólares a cada una de las 211 federaciones miembro, dentro de un marco de redistribución de 10.000 millones para el ciclo 2027-2030. Y aquí es donde el diseño se vuelve descarado. La FIFA fijó un ultimátum de 53 días, con fecha límite el 19 de septiembre, y una zanahoria con garrote. Quien votara a favor cobraba hasta 40 millones. Quien votara en contra quedaba relegado al programa ordinario FIFA Forward, con 2,7 millones raquíticos. Comprar votos con el mismo dinero que se iba a pedir prestado al fondo, envuelto en papel de regalo.

53días
Plazo que la FIFA impuso a sus 211 federaciones miembro para votar la operación, con fecha límite el 19 de septiembre. Las que votaran a favor recibirían hasta 40 millones de dólares; las que rechazaran el plan quedarían relegadas al programa ordinario, con 2,7 millones.
Fuente: FIFA

El sistema de un voto por país lo hacía teóricamente viable. Una federación insular pesa lo mismo que Alemania en el Congreso, así que Infantino apostó a que la vulnerabilidad presupuestaria de las asociaciones pequeñas construiría una mayoría orgánica capaz de neutralizar a la UEFA y a la CONMEBOL. El cálculo tenía un fallo de origen. Presuponía que el Mundial vale 20.000 millones porque sí, como si fuera un edificio con escritura a nombre de Zúrich. No lo es. Vale eso porque juegan las selecciones europeas y sudamericanas, porque los patrocinadores globales pagan por ver a esos futbolistas, porque las cadenas de televisión compran a esas selecciones. Sin ellas, la filial no vale nada.

La UEFA lo entendió antes que nadie y apretó el único botón que importaba. Reunió a sus federaciones, articuló una postura común y amenazó con no participar en ninguna competición de la FIFA mientras la propuesta siguiera viva. Un boicot que ponía en riesgo la próxima Copa del Mundo y afectaba de inmediato a torneos juveniles femeninos en Polonia y Marruecos. En el momento en que ese frente se articuló, el valor de mercado de FIFA Forward Enterprise se derrumbó, porque J.P. Morgan había tasado los 20.000 millones sobre la proyección de ingresos que generaban precisamente esas selecciones. Sin equipos europeos, la valoración era ficción. La Concacaf y la AFC denunciaron la vulneración del debido proceso y la opacidad, la CONMEBOL supeditó todo a la integridad del deporte, y el edificio empezó a caer por dentro.

Se cayó de verdad cuando huyeron los aliados. Carlos Cordeiro, hombre de confianza en el entorno de Infantino, dimitió de forma irrevocable recordando que la FIFA tenía reservas líquidas de sobra para no depender de nadie. Desde la propia cúpula ejecutiva salió el mensaje de que la plantilla había sido excluida del diseño, que aquello era una iniciativa estrictamente personalista de la presidencia. Y entonces Thrive Capital y J.P. Morgan hicieron lo que hace siempre el capital financiero ante un incendio reputacional. Se largaron. Los fondos viven de la previsibilidad regulatoria, y esto se había convertido en una crisis política con pronunciamientos de jefes de Estado y sindicatos de jugadores. Nadie quiere su marca pegada al desmantelamiento del patrimonio deportivo público. Sin dinero y sin respaldo, Infantino firmó la rendición de madrugada.

Se puede defender el otro lado con honestidad. Abrir la propiedad comercial al capital privado no es una herejía en sí misma. Sirve para transferir riesgo en mercados volátiles, para importar la escala tecnológica que una burocracia deportiva del siglo XX no tiene, para financiar infraestructura sin esperar décadas. Si el fútbol fuera un negocio maduro que necesita modernizarse a marchas forzadas, la entrada de un socio como Thrive tendría un argumento. El problema es que la FIFA quiso aplicar la medicina del enfermo grave a un paciente que reventaba de salud. Vender por vender, con la caja llena y el monopolio intacto, solo tiene sentido si lo que buscas no es dinero sino votos.

La UEFA ya avisó de que la marcha atrás no cierra nada. Anunció que impulsará una investigación sobre el origen del plan y reformas estatutarias que blinden al fútbol frente a futuras privatizaciones, recordando de paso las promesas de transparencia con las que Infantino llegó en 2016. Los miles de millones dormidos en Zúrich siguen ahí, y ahora todo el mundo sabe que existen. La próxima pelea no será por vender el Mundial. Será por quién decide qué se hace con el dinero que la FIFA juró que no tenía.

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Bruno Soler

Bruno Soler

Economía y estrategia

Bruno Soler es economista y posee un MBA. Fue durante ese máster donde conoció a Carla Costa y juntos identificaron un vacío en la forma en que se informa sobre el fútbol: la mayoría de los medios se centran en lo que ocurre sobre el césped, mientras que muy pocos explican las fuerzas económicas que condicionan el deporte. Con esa idea fundaron Futbolnomics, un medio especializado en el análisis del negocio del fútbol, donde Bruno aporta su experiencia en economía, estrategia empresarial y finanzas para explicar, con datos y contexto, cómo funcionan los clubes, los mercados de fichajes, los derechos audiovisuales, las competiciones y la industria que mueve miles de millones de dólares cada año.

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