El 19 de julio, la prórroga de la final entre España y Argentina reunió a 15,7 millones de españoles delante del televisor, más de ocho de cada diez pantallas encendidas. Fue un récord y, a la vez, una cifra previsible. En España el fútbol lleva décadas ocupando ese lugar, y el título confirmó una posición que nadie discutía.
Un mes antes había pasado algo bastante más raro a 6.000 kilómetros. Los partidos de Canadá en la fase de grupos doblaron con holgura la audiencia del encuentro que decidió la Stanley Cup, el acontecimiento que en ese país se vive casi como una liturgia nacional. Uno de ellos, ante Catar, llegó en algún momento a 11,7 millones de canadienses. Las finales de la NBA, esas mismas semanas, no alcanzaron el millón.
El juego de adivinar resultadosque tus amigos?
Si el Mundial se mide por lo que cambió, y no por quién levantó la copa, el campeón fue Canadá. España ganó un trofeo en un país donde el fútbol ya lo tenía todo. Canadá descubrió que el fútbol podía ocupar el centro de su conversación deportiva, algo que hace diez años habría sonado a broma.
Tampoco surgió de la nada. El fútbol ya era el deporte de equipo que más practicaban los niños canadienses, por una razón muy prosaica. Inscribir a un hijo en hockey cuesta más de 3.200 dólares canadienses al año entre equipamiento y alquiler de pista, y en fútbol ronda los 450. Para las familias de clase media y para buena parte de la población inmigrante, el hockey se había convertido en un deporte caro y el fútbol en el razonable. Lo que faltaba era que ese país que jugaba al fútbol se sentara también a verlo, y eso es lo que consiguió el Mundial.
La tesis empieza a cojear cuando se abre la cuenta de resultados. España cobró su título al instante. La federación recibió 50 millones de dólares de la FIFA, los jugadores se repartieron primas cercanas a los 750.000 euros cada uno y LaLiga llegaba al verano con sus derechos de televisión recién renovados al alza, en un mercado europeo que caía. Un país futbolero sabe convertir cada éxito en dinero porque tiene la maquinaria montada desde hace décadas.
Canadá, en cambio, descubrió la cara menos amable de organizar un Mundial. Los precios disparados y el miedo a las aglomeraciones espantaron al turista habitual y a los viajes de empresa, y la ocupación hotelera de junio cayó en las dos sedes. En Vancouver pasó de un 64% a menos del 48%. El torneo trajo aficionados, pero ahuyentó a quienes habrían venido de todas formas.
Tampoco el fervor por la selección se ha trasladado a los clubes. La Canadian Premier League cerró la temporada con una media de 3.680 espectadores por partido. Millones de canadienses vibraron con su selección y muy pocos han cambiado sus sábados por un estadio de la liga local. El Mundial se vivió como un gran acontecimiento, todavía no como una afición.
Donde Canadá sí sacó provecho fue en los despachos. Canada Soccer, una federación con problemas económicos crónicos, aprovechó el impulso para renegociar el contrato con la empresa que gestionaba sus derechos comerciales, un acuerdo que le había dejado las manos atadas durante años. La nueva versión le proyecta más de 100 millones de dólares adicionales en los próximos doce años. Es un premio menos visible que una copa, pero puede pesar más en el futuro del fútbol canadiense.
La historia de los anfitriones sin tradición futbolística aconseja prudencia. Estados Unidos convirtió el Mundial de 1994 en el origen de la MLS, una liga que tres décadas después tiene 30 equipos y estadios propios. Corea del Sur, en cambio, vio cómo la asistencia a su liga subía casi a la mitad tras 2002 y se desinflaba después, con estadios enormes que nadie sabía llenar. La atención de un verano no garantiza nada, y la única diferencia entre los dos casos fue lo que cada país construyó cuando se apagaron los focos.
España cobró su título en julio. Canadá tiene diez años para cobrar el suyo.




