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Economia del futbol

El Mundial sin hormigón

El de 2026 puede ser el torneo más rentable de la historia, pero solo porque por primera vez los ingresos récord llegan sin la montaña paralela de cemento irrecuperable.

Bruno SolerPor Bruno Soler·22 de junio de 2026·6 min de lectura

Cero. Esa es la cantidad de estadios nuevos que el Mundial de 2026 obligará a levantar para su torneo. Tres países, dieciséis sedes, ciento cuatro partidos, y ni una sola grúa puesta a girar específicamente para complacer a la FIFA. En la historia reciente de la competición, donde el ladrillo ha sido casi una condición de entrada, el dato suena a herejía. Y sin embargo, ahí está, marcando la diferencia entre un negocio y una ruina elegante.

La tesis es sencilla y conviene soltarla cuanto antes. El Mundial de 2026 tiene boletos para ser el más rentable de la historia, pero no porque vaya a generar más caja que ningún otro, que también, sino porque por primera vez la montaña de ingresos llega sin la montaña paralela de cemento irrecuperable. La FIFA ha situado su objetivo de ingresos del ciclo 2023-2026 en cifras récord y avanza hacia ese listón a buen ritmo según sus propios estados financieros. Lo interesante no es el récord. Es que el récord convive con un capex anfitrión bajísimo. Ese desacople entre dinero entrante y obra hundida es el corazón del asunto.

Aquí está el matiz que separa el análisis serio del folleto de candidatura. Rentable, sí, pero ¿para quién? La FIFA centraliza la monetización, la televisión, el patrocinio, la hospitalidad, las entradas. Las ciudades descentralizan la operación, la seguridad, el transporte, las fan zones, las adaptaciones temporales de los recintos. La caja comercial y la caja de costes nunca se han llevado bien, y 2026 no las reconcilia. Lo que hace es algo más astuto. Recorta el coste más venenoso de todos, el de la obra nueva que luego nadie usa, y deja en pie el viejo reparto asimétrico del excedente.

Para ver por qué esto importa, basta repasar la galería de anfitriones que pagaron la fiesta. Sudáfrica 2010 es el contraejemplo canónico. Casi 29.800 millones de rands en grandes rubros públicos, cinco estadios nuevos, 13.500 millones solo en recintos y otros 13.600 en transporte. ¿Y los turistas que viajaron expresamente por la Copa? Dejaron 3.640 millones de rands. Las cuentas no salen ni forzándolas. Brasil 2014 repitió la jugada a mayor escala, con una matriz consolidada de 27.120 millones de reales, de los cuales casi 22.780 millones eran dinero público, frente a unos 6.000 millones de gasto turístico estimado durante el evento. Rusia 2018 elevó la apuesta hasta un coste oficial que rondó el billón de rublos según las estimaciones más amplias, con desviaciones notables sobre el presupuesto inicial. En los tres casos, la FIFA salió encantada y el contribuyente local salió con la cartera vacía y un estadio de sesenta mil asientos en una ciudad que no llena la mitad.

Mientras tanto, los ingresos del ciclo FIFA crecían sin pausa de una edición a otra, según sus informes financieros. La curva del negocio subía. La curva del cemento anfitrión subía con ella. Esa correlación es la maldición histórica del Mundial, y es justo la que 2026 rompe.

El caso canadiense es el más transparente y por eso el más útil. Las estimaciones presupuestarias públicas apuntan a un coste bruto de cientos de millones de dólares canadienses para Toronto y Vancouver, que tras las transferencias federales previstas baja de forma considerable para cada ciudad. Cifras serias, no de chiste, pero a años luz de los presupuestos de obra pesada de la década anterior. En Estados Unidos, los fondos federales adjudicados para seguridad se reparten entre las once ciudades sede, y aun así varias estimaciones periodísticas sitúan el déficit agregado de las urbes estadounidenses en cifras de tres dígitos en millones. El problema local no desaparece. Se comprime. Se vuelve un asunto de operación premium en lugar de un agujero de hormigón.

Y ahí aparece la grieta. Porque las ciudades estadounidenses ya están afilando las garras de cara a 2031. El argumento que repiten es razonable. Si la FIFA se queda entradas, patrocinio y las líneas comerciales centrales, y deja a las sedes la factura de seguridad, movilidad, festividades urbanas y cumplimiento regulatorio, el modelo será más sostenible que el de Brasil pero igual de injusto en el reparto. Menos deuda por ladrillo, más discusión por el reparto del botín. La próxima batalla del Mundial no se librará en las obras. Se librará en los contratos.

La proyección comercial de 2026 explica la avaricia de fondo. Ciento cuatro partidos en lugar de sesenta y cuatro, millones de asistentes previstos, entradas y hospitalidad apuntando hacia cifras récord. Más contenido para vender sin multiplicar la obra que lo sostiene. Para la FIFA es el sueño contable hecho calendario. Para el anfitrión, depende de la ciudad y del escenario.

Conviene reconocer la objeción más fuerte antes de que la lance otro. Que 2026 no construya estadios no significa que sea gratis. La operación de un torneo de este tamaño en quince ciudades cuesta dinero real, y el reparto contractual deja a varias sedes expuestas a perder. El escenario conservador, con costes de seguridad escalando y poca captura de gasto incremental, arroja una pérdida agregada moderada para sedes y gobiernos subnacionales. No es un disparate. Es un riesgo vivo. La diferencia es que en 2010 o 2014 la pérdida estaba garantizada por el simple hecho de firmar; en 2026 es una posibilidad que depende de cómo se gestione la operación y de cuánto turismo se logre capturar por encima de un verano normal.

El escenario base, hoy el más defendible, apunta a un equilibrio aproximado o un pequeño resultado positivo para la coalición anfitriona en conjunto, con dispersiones brutales entre ciudades. Alemania 2006 ya enseñó esa lección. País rico, redes maduras, beneficio más ligado a imagen y turismo que a una ganancia fiscal directa, y aun así con un retorno presupuestario mucho más modesto que el relato optimista de la época. Reutilizar infraestructura mejora la ecuación. No la convierte en alquimia.

De modo que la formulación honesta de la tesis tiene tres velocidades. Para la FIFA, 2026 será clarísimamente el Mundial más rentable de la historia. Para los tres países anfitriones en conjunto, será razonable, probablemente equilibrado, con buen perfil de riesgo. Para cada ciudad por separado, sigue siendo una lotería con cartas marcadas a favor de quien organiza el sorteo.

Lo que viene después ya está escrito en las negociaciones que arrancan. El modelo de sedes compartidas y estadios reciclados será el nuevo estándar, no por justicia sino por supervivencia fiscal. Y la pelea por el excedente, esa que antes quedaba enterrada bajo toneladas de hormigón, va a salir por fin a la superficie. La FIFA encontró la manera de ganar más gastando menos en obras ajenas. A las ciudades les toca ahora descubrir si la operación premium que financian les deja algo más que la factura y la foto.

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Bruno Soler

Bruno Soler

Economía y estrategia

Bruno Soler es economista y posee un MBA. Fue durante ese máster donde conoció a Carla Costa y juntos identificaron un vacío en la forma en que se informa sobre el fútbol: la mayoría de los medios se centran en lo que ocurre sobre el césped, mientras que muy pocos explican las fuerzas económicas que condicionan el deporte. Con esa idea fundaron Futbolnomics, un medio especializado en el análisis del negocio del fútbol, donde Bruno aporta su experiencia en economía, estrategia empresarial y finanzas para explicar, con datos y contexto, cómo funcionan los clubes, los mercados de fichajes, los derechos audiovisuales, las competiciones y la industria que mueve miles de millones de dólares cada año.

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