Esta noche, frente a Benín, el Monumental despide a Lionel Messi de la selección argentina. Será un amistoso sin nada en juego y con todo el peso simbólico del mundo: el último partido con la albiceleste del jugador que la llevó a ganar una Copa del Mundo, dos Copas América y a disputar otra final mundialista hace apenas tres meses. Messi anunció su retirada el 1 de septiembre, después de perder esa final ante España y de la muerte de su padre. Sigue jugando en el Inter Miami, pero para Argentina se acaba hoy.
El impacto emocional en el país es evidente y no necesita explicación. El económico es menos visible y bastante más fácil de medir de lo que parece, porque durante una década la AFA no solo tuvo al mejor futbolista del mundo: tuvo a su principal activo comercial.
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Donde mejor se ve es en los amistosos. Desde el Mundial de Catar, la federación ha cobrado habitualmente entre seis y siete millones de dólares por jugar un partido en Asia, Oriente Medio o Estados Unidos, una cifra que ninguna otra selección alcanzaba con regularidad. Y los contratos dejaban claro qué se estaba comprando. En 2019, Marruecos pactó pagar a Argentina algo más de un millón de dólares por un amistoso en Tánger a condición de que Messi jugara al menos setenta minutos; se lesionó, no viajó, y la federación marroquí retuvo cerca de medio millón. En 2024, cuando Messi no salió al campo en una exhibición del Inter Miami en Hong Kong, las autoridades chinas cancelaron la gira que la selección tenía prevista en el país. El partido de Angola del año pasado, el más caro de la historia de la AFA, incluía la exigencia de que el capitán estuviera convocado y jugara.
Es decir, los promotores no contrataban a Argentina, contrataban a Messi acompañado de Argentina. Intermediarios del sector estiman que el precio de un amistoso de la selección caerá ahora a la mitad o poco más en los mercados donde no tiene raíces, hasta unos tres o cuatro millones por partido. Sigue siendo mucho dinero, pero la diferencia era, sencillamente, él.
Lo mismo ocurre con la atención. La cuenta de Instagram de la selección tiene alrededor de dieciocho millones de seguidores. La de Messi supera los quinientos. Durante el último Mundial, él solo ganó casi un tercio de todos los seguidores nuevos que sumó la plantilla entera. Cuando la AFA presentaba a sus patrocinadores informes de alcance en mercados como el sudeste asiático, Norteamérica o la India, una parte enorme de esa audiencia era suya, no de la camiseta.
Y por la camiseta pasa el tercer canal. Argentina se convirtió en una de las selecciones que más elásticas vende en el mundo, y según operadores del comercio minorista, entre ocho y nueve de cada diez camisetas personalizadas llevaban su nombre y su dorsal. Muchos de esos compradores no tenían ninguna relación con el país: eran aficionados de Messi que vestían de Argentina. Esa demanda es la primera que se enfría.
Hasta aquí, la tesis de la pérdida se sostiene. El matiz importante es que la AFA lleva años preparándose para este día, y lo ha hecho mejor de lo que suele reconocérsele.
La pieza clave es el contrato con Adidas, renovado en 2024 hasta 2038, en plena cima de la valoración de la selección. Es un acuerdo con la federación, no con ningún jugador, y su parte fija no depende de quién lleve el brazalete. Lo que sí se resentirá es la parte variable, la de los royalties por venta de camisetas en todo el mundo, pero el suelo está asegurado para los próximos doce años. A eso se suma una política comercial agresiva: la federación ha pasado de cinco patrocinadores en 2017 a cien este año, repartidos por regiones y categorías. Perder a dos o tres que estuvieran atados a la figura de Messi no desestabiliza una cartera así.
Tampoco el mercado doméstico se moverá. En 2023, Argentina jugó en La Paz contra Bolivia con Messi en el banquillo y el partido lideró la audiencia del país con más de treinta puntos entre televisión abierta y de pago. El aficionado argentino ve a su selección juegue quien juegue. El riesgo está fuera, en el espectador neutral que solo encendía la tele para ver al genio.
Y hay precedentes que invitan a no exagerar. Francia perdió a Zidane en 2006, encadenó dos fracasos deportivos, y aun así firmó en 2008 con Nike el contrato de equipación más caro de la historia de las selecciones. Brasil vio retirarse a Ronaldo y siguió ampliando su cartera de patrocinadores, porque detrás venían Kaká, Ronaldinho y luego Neymar. Una selección grande no depende de una sola figura cuando hay competencia entre marcas por vestirla y un relevo creíble en el campo. Argentina tiene las dos cosas: Adidas blindado y una generación de titulares en los grandes clubes europeos que acaba de llegar a otra final del mundo.
Lo que pierde Argentina, entonces, es una renta extraordinaria. Durante veinte años cobró por encima de lo que vale una gran selección porque tenía algo que nadie más podía ofrecer, y esa prima desaparece hoy. Lo que conserva es lo que construyó mientras la tenía: una marca propia, un contrato a largo plazo y una afición que no necesita estrellas para encender la televisión.
Esta noche el Monumental llorará al jugador. La AFA, si ha hecho bien las cuentas, solo tendrá que despedirse de un sobreprecio.




